Todos se llaman Jorge Luis, pero todos prefieren que se les llame Pérez Armijos, a menos, claro, que estén con él en un bar; allí, todos son hermanos.
La editorial rabaja en obras de ecuatorianos, pero a veces se ocupa con obras relacionadas a lo risible, pues, casualmente, este es el tema de la tesis de todos estos Jorges.
La editorial gana, más o menos, un dólar por libro que vende; el resto se lo lleva o el señor Bezos o el señor imprenta, pero esto es así y a ningún Jorge Luis le molesta.
A todos estos trabajadores les obsesiona pulir su obra, y frecuentemente revisan que ninguna errata o gazapo se les escurra por las manos.
Todos ellos sueñan con serifas, y están convencidos de que entre las letras de sus autores está escondida la sal de esta tierra y la luz que nos perdurará.
